Cuando se habla del origen del compliance moderno, resulta imposible no comenzar por el Foreign Corrupt Practices Act (FCPA), sancionado por los Estados Unidos en 1977. Si bien suele ser presentado como una ley anticorrupción, su verdadero aporte fue mucho más profundo: transformó la forma en que las empresas debían gestionar el riesgo de corrupción y sentó las bases del compliance corporativo tal como hoy lo conocemos.
Hasta entonces, la corrupción era abordada principalmente desde una perspectiva penal, centrada en la sanción de quienes ofrecían o recibían sobornos. El FCPA introdujo un cambio de paradigma al exigir que las organizaciones implementaran mecanismos preventivos capaces de evitar esas conductas antes de que ocurrieran.
La sanción de esta ley fue consecuencia de una serie de investigaciones realizadas por la Securities and Exchange Commission (SEC) durante la década de 1970. En ellas se descubrió que cientos de empresas estadounidenses habían efectuado pagos indebidos a funcionarios públicos extranjeros para obtener contratos, licencias o ventajas comerciales.
Las investigaciones también revelaron la existencia de fondos paralelos, registros contables falsos y mecanismos utilizados para ocultar esos pagos. La problemática ya no se limitaba al soborno, sino que evidenciaba una grave falta de transparencia y de controles internos dentro de las organizaciones.
Frente a ese escenario, el Congreso de los Estados Unidos aprobó el Foreign Corrupt Practices Act con un doble objetivo: combatir la corrupción transnacional y fortalecer la integridad de la información financiera.
El FCPA se estructura sobre dos grandes ejes.
Por un lado, las Anti-Bribery Provisions, que prohíben ofrecer, prometer o entregar dinero o cualquier otro beneficio a funcionarios públicos extranjeros con la finalidad de obtener o conservar negocios o conseguir ventajas indebidas.
Por otro, las Accounting Provisions, que obligan a determinadas empresas a mantener libros y registros contables exactos, junto con sistemas adecuados de control interno que permitan prevenir la utilización de fondos ocultos o registros paralelos.
Este segundo aspecto constituye, probablemente, la mayor innovación de la norma. El legislador comprendió que combatir la corrupción no dependía únicamente de castigar a los responsables, sino también de exigir estructuras organizacionales capaces de prevenirla.
Uno de los rasgos más relevantes del FCPA es su alcance extraterritorial.
La ley puede aplicarse no sólo a empresas estadounidenses, sino también a organizaciones extranjeras que coticen valores en los Estados Unidos o que, de algún modo, utilicen el sistema financiero o medios del comercio interestatal estadounidense para concretar actos de corrupción.
Como consecuencia, compañías de distintos países han quedado sometidas a investigaciones y sanciones por parte del Department of Justice (DOJ) y de la SEC, aun cuando los hechos investigados hubieran ocurrido fuera del territorio estadounidense.
Esta característica convirtió al FCPA en uno de los instrumentos más influyentes del derecho empresarial contemporáneo.
El mayor legado del Foreign Corrupt Practices Act no reside únicamente en haber fortalecido la persecución de la corrupción internacional.
Su verdadera trascendencia consistió en instalar la idea de que las empresas deben gestionar activamente sus riesgos mediante programas de cumplimiento eficaces.
A partir de esta ley comenzaron a consolidarse herramientas que hoy forman parte de cualquier sistema moderno de compliance, tales como los códigos de ética, las políticas anticorrupción, la debida diligencia sobre terceros, los canales de denuncia, las investigaciones internas, la capacitación permanente y el monitoreo continuo de los controles.
En otras palabras, el FCPA trasladó la discusión desde la reacción frente al delito hacia la construcción de organizaciones íntegras y responsables.
Casi cinco décadas después de su sanción, el Foreign Corrupt Practices Act continúa siendo una de las normas más influyentes en materia de integridad empresarial.
Su importancia no radica únicamente en las sanciones que prevé, sino en haber demostrado que la prevención constituye la herramienta más eficaz para combatir la corrupción. Ese enfoque transformó la forma en que las organizaciones conciben la gestión de riesgos y sirvió de inspiración para gran parte de la normativa internacional que posteriormente consolidó el compliance como una disciplina autónoma.
En la próxima publicación analizaré otra de las piezas fundamentales del sistema internacional de integridad: el UK Bribery Act de 2010, una de las legislaciones anticorrupción más estrictas y avanzadas del mundo.