Durante años, el compliance fue presentado como una disciplina vinculada principalmente a normas, controles y procedimientos.
Desde esa perspectiva, los incumplimientos aparecen como el resultado de una falla técnica: una política insuficiente, un control ineficaz o una supervisión deficiente.
Sin embargo, esta explicación suele ser incompleta.
Las mayores crisis corporativas de las últimas décadas no ocurrieron necesariamente porque las organizaciones desconocieran los riesgos. En muchos casos, ocurrieron porque dejaron de verlos.
Y para comprender cómo sucede este fenómeno, resulta útil observar un ámbito aparentemente ajeno al mundo corporativo: el fútbol.
El fútbol posee una capacidad singular para revelar aspectos profundos del comportamiento humano.
Quien observa una discusión entre hinchas descubre rápidamente que los hechos rara vez se interpretan de manera neutral. Una misma conducta puede generar indignación o justificación dependiendo de quién la protagonice.
La identidad compartida altera la evaluación.
La pertenencia modifica el juicio.
La pasión transforma la percepción.
No se trata simplemente de una cuestión deportiva. Se trata de un fenómeno humano.
Las personas no interpretamos la realidad únicamente a través de datos. También lo hacemos a través de vínculos emocionales, lealtades e identidades colectivas.
Y es precisamente allí donde el fútbol y las organizaciones comienzan a parecerse más de lo que solemos admitir.
Toda organización posee figuras, áreas o proyectos que ocupan un lugar especial dentro de su narrativa interna.
El fundador admirado.
El director exitoso.
El vendedor estrella.
El equipo que genera los mejores resultados.
Cuando estas figuras se convierten en símbolos de éxito, la organización comienza a desarrollar mecanismos de protección.
Las conductas se reinterpretan.
Las alertas se relativizan.
Los cuestionamientos se postergan.
Las excepciones se normalizan.
Gradualmente, se instala una lógica peligrosa: mientras el resultado sea favorable, el comportamiento deja de ser objeto de análisis.
La organización ya no evalúa únicamente lo que las personas hacen. Evalúa quiénes son y cuánto aportan al relato colectivo.
Existe una tendencia a imaginar los problemas éticos como el resultado de decisiones deliberadamente incorrectas.
La realidad suele ser mucho más compleja.
Con frecuencia, las personas involucradas en grandes escándalos corporativos no perciben sus propias conductas como claramente indebidas.
La cultura organizacional genera marcos interpretativos que permiten justificar, racionalizar o minimizar determinadas acciones.
Lo extraordinario deja de parecer extraordinario.
Lo riesgoso deja de parecer riesgoso.
Lo excepcional se convierte en habitual.
Este fenómeno ha sido estudiado ampliamente por la psicología social y la economía conductual. Las personas tienden a proteger aquellas creencias e identidades con las que se sienten emocionalmente vinculadas.
En consecuencia, cuanto mayor es la identificación con un líder, un equipo o una organización, más difícil resulta reconocer comportamientos problemáticos.
Durante mucho tiempo, el compliance concentró sus esfuerzos en diseñar sistemas de control cada vez más sofisticados.
Sin embargo, ningún sistema puede funcionar adecuadamente si ignora la dimensión humana de las decisiones.
Los riesgos no emergen únicamente de la ausencia de reglas.
También emergen de la admiración, de la lealtad, de la presión por pertenecer y del deseo de proteger aquello que consideramos propio.
Por esta razón, el compliance del futuro deberá ser también una disciplina capaz de comprender emociones, incentivos, identidades y dinámicas culturales.
No bastará con preguntarse qué controles existen.
Será necesario preguntarse qué conductas estamos dispuestos a justificar y por qué.
Quizás la principal enseñanza que el fútbol puede ofrecer al compliance sea una verdad incómoda.
Las personas no dejamos nuestras emociones en la puerta de las organizaciones.
Ingresamos con ellas.
Ingresamos con nuestras lealtades.
Con nuestras admiraciones.
Con nuestros prejuicios.
Con nuestras identidades.
Por eso las empresas no son tan distintas de las hinchadas como nos gusta creer.
Ambas construyen relatos.
Ambas generan pertenencia.
Ambas producen mecanismos de defensa frente a aquello que amenaza su identidad.
Y ambas corren el riesgo de dejar de ver aquello que más necesitan ver.
La verdadera función del compliance no consiste únicamente en controlar comportamientos.
Consiste en crear las condiciones necesarias para que una organización conserve la capacidad de observarse a sí misma con honestidad, incluso cuando los resultados invitan a mirar hacia otro lado.
Porque el riesgo más peligroso no es el que permanece oculto.
Es aquel que todos ven y que, aun así, nadie quiere reconocer.